Una adolescente aparece quemada y descuartizada en un descampado. Treinta años después, el crimen sigue sin aclararse y su familia y entorno se han desmoronado.
Hace treinta años, en un terreno baldío de un barrio tranquilo, apareció descuartizado y quemado el cadáver de una adolescente. La investigación se cerró sin culpables y su familia -de clase media educada, formal y católica- silenciosamente se fue resquebrajando Pero, pasado ese largo tiempo, la verdad oculta saldrá a la luz gracias al persistente amor del padre de la víctima.
Esa verdad mostrará con crudeza lo que se esconde detrás de las apariencias; la crueldad a la que pueden llevar la obediencia y el fanatismo religioso; la complicidad de los temerosos e indiferentes, y también, la soledad y el desvalimiento de quienes se animan a seguir su propio camino, ignorando mandatos heredados.
Como en Las viudas de los jueves, en Elena sabe y en Una suerte pequeña, Claudia Piñeiro ahonda con maestría en los lazos familiares, en los prejuicios sociales y en las ideologías e instituciones que marcan los mundos privados, y nos entrega una novela conmovedora y valiente, certera como una flecha clavada en el corazón de este drama secreto.
Me resultó una novela contradictoria. La primera parte es interesante y la trama que nos presenta a través de la relación de una tía con su sobrino, fuera de su entorno habitual, resulta muy sugerente. Sin embargo, a medida que va avanzando en su lectura, la autora pone el acento en otra trama que desconcierta un poco al lector. El desenlace de la trama, el lector lo conoce pronto, pero no por ello deja de ser atrayente su lectura y no se pierde el interés. La influencia de la religión está presente en la vida de los personajes. En unos para justificar, de una forma hipócrita, sus horrendos actos y en otros para alegarse de sus tentáculos e intentar de vivir una vida acorde con la realidad y, sobre todo, para seguir investigando para conocer la verdad de la muerte de Ana.
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